Carlos Marks en el Zinco

Calificado como el mejor disco del 2013 por la revista La Tempestad, la experiencia queDislalia de Carlos Marks implica, sólo empieza en el álbum: asistir a un concierto en vivo hace de esa vorágine de sonidos y atmósferas una continuidad inacabable.

            Absorción de la conciencia en un universo sonoro, a una vez extraño, casi ajeno, pero absolutamente propio. La aparente desarticulación con la que las piezas se componen,arroja un auxilio de susurros esparcidos, sutilezas, matices, instantes en los que el oído pareciera encontrarse en su sitio, dirigido por la escucha misma,hacia un sentido proyectado por la música. Quizás ésta sea la pregunta más legítima y menos pertinente que atraviesa Dislalia: el sentido. Pareciera manifestarse como una investigación constante de las posibilidades extremas del sonido, el tiempo, la energía y su sinergia.

            El concierto comenzó con una pequeña improvisación, cargada de tensión y sutilezaentre algunos tonos de latarra Marksiana acentuada por momentso entre Alegre y Baez para, casi sin querer, encauzarse más tarde por el extraño marco percusivo de Guerrero.

            Los diálogos entrecortados que las cuerdas establecen con sus distintas texturas,construyeron un concierto de puentes e intersticios a través de ritmos encontinuo cambio, enredándose en una linealidad resquebrajada que, lejos de asumir la experiencia musical en el tiempo, configuró una congregación, una yuxtaposición de estilos y expresiones del más puro estilo carlosmarksista. (Tomo el término de Wilfrido Terrazas y su ya anunciada doctrina homónima: el carlosmarksismo). 

            No podría hablar de un pulso como tal, que haya atravesado la sinergia de lo que sucedió en escena ayer, 22 de enero, en el Zinco. (Pulso: imagen terriblemente musical en el ensueño de los lugares comunes): uno solo que permita coincidir en lo convencional. Respiraciones, reminiscencias de todos lados. Origen y devastación intencional que se da encuentro en una constante acumulación de energía que parece seguirse a sí misma, en una propulsión de fuerza incomparable. Repta, se retuerce, se mantiene. Dispersión que se persigue, sebusca el camino trazado para andar otro, en todo diferente… y volver a conjugarse. Cada soplo, cada rasgueo, cada golpe se desborda a sí mismo como si las pistas arrojadas por su propia exploración no fueran suficientes, siempre sobrepasándose, adelantándose, quemándose los pasos.

            Al margen de todo lo que pudiera referirse en la escena de música contemporánea en México o, incluso, en el ámbito de la improvisación: Dislalia, bajo la atmósfera escénica que Carlos Marks genera, es un continuo de vaivenes, ramificaciones que en nada apuntan a una contención pero tampoco al desbordamiento incalculado. Las influencias juegan a disfrazarse para luego revelarse, como quien lleva consigo un antifaz y, con el poder de ver sin ser visto, ejecutar cualquier pensamiento en materia sonora. Las resonancias identitarias se atropellan, se persiguen, se marcan y demarcan, atravesadas por ritmos irregulares. Las reminiscencias se siguen congestionando,solapando. Resulta imposible entrar al juego sin hacer a un lado la voluntad y abandonarse a la estridencia envolvente que marca los pasos, quizá incluso el camino, a nuevas formas de percepción en las que la música es, a una vez, origen y augurio. En extremo explosivo, expresivo y propositivo, los sonidos parecían buscarse el orden perenne al caos que los atravesaba.

            El concierto de ayer dejó muy en claro que la fuerza de Carlos Marks es tremendamente explosiva y, afortunadamente, incontenible. Llamó mi atención la reacción del público. En general, a pesar de los momentos más caóticos, la intriga y la entrega hacia los músicos fue casi total. Quitando una de las mesas del fondo del bar, poblada de risas impertinentes y una total ausencia de noción de los motivos que les hacía permanecer ahí, casi todos terminamos cautivados. (Palabras que se escuchaban de repente entre el público: “caótico pero increíble”, “explosivo”, “impresionante”).

            Con los caminos percusivos de ese tempo indescifrable, y a través de ellos, las cuerdas del violín se desgarraron en un diálogo abierto, mientras que la latarra y el contrabajo (en ocasiones el corno barítono, el acordeón, la guitarra, el clarinete bajo) se encargaban de hacer amplios los espacios, a pesar de los momentos de aparente atropello. Más que Carlos Marks toque música, la música los tiene tocados a ellos. Y a todos nosotros cautivos.  

 

 

Nuria Manzur