Dislalia, reseΓ±a en La Tempestad por Diego Fischerman

CONTRA LA DOMESTICACIÓN

En la música de Carlos Marks hay un malentendido de orígen. Y, como sucede con la cultura, ese malententido es inmensamente productivo. Música de objetos encontrados más que amalgamas, bucea en los márgenes de un centro que, en rigor, no podría estar más alejado. El cuerpo de la música europea tiene su origen fuera de ese escueto territorio. Nada más oriental que los instrumentos de cuerda, los que hacen vibrar pequeñas y flexibles cañas de madera, los que tensan pieles sobre cajas de resonancia para luego golpearlas con sus manos o con alguna clase de artefacto.  Nada más oriental que las escalas que que el supuesto Occidente tomó para sí. El laúd (y las guitarras), los oboes y clarinetes, las violas y arpas, todo aquello con lo que Europa formó su imaginario, proviene de esa vaga geografía identificada con los Balcanes.
  En la música de Carlos Marks hay un recorrido. O, si se quiere, la sobra de un recorrido. El Occidente musical no hizo otra cosa que domesticar, regular, lo que el Mediterráneo le traía. Se sabe que la historia de la música europea podría leerse en la tensión entre tradiciones, entre regulación y creación, entre las normas de sociedades que reglaron la música (la Iglesia, las noblezas) y los lenguajes surgidos a la vera. Y esa tensión llegó a América, es claro, con sus clérigos pero también con sus aventureros borrachos, con sus violadores, con sus cantantes y tañedores de vihuela tan alejados de palacio como sólo podrían estarlo quienes escapaban a sus destinos subiendo a esos barcos que buscaban el oro en el fin del mundo.
  Si Occidente buscó domesticar un cierto compendio musical, América volvió a desestabilizarlo.  Los villancicos se volvieron rancheras, las torvas devinieron boleros. Y si en Paquita la del Barrio no cuesta encontrar las huellas de la picaresca de la España del Siglo de Oro (robado), en los Balcanes imaginarios de Carlos Marks México se encuentra ni más ni menos con algunos de sus improbables orígenes. La improvisación sobre esas escalas que en algún momento llegaron a Europa desde otras partes no es otra cosa que un acto de justicia. Pensar en lo balcánico, en rigor, sería un error.  No se trata aquí de una sospechosa operación de alquímia, con algún porcentaje de voces búlgaras y alguna proporción de Cuco Sánchez, sino de algo mucho más sencillo (y por lo tanto, de una idea más compleja): el marksismo (el chiste es obvio, inevitable) consiste en algo tan simple como imaginar el centro en otra parte. En ese juego entre márgenes, el núcleo alrededor del que todo gira es ese cercano Oriente donde, en música, nació lo occidental. Y por ahí se gesta una de las músicas más originales -y más americanas, créase o no- de los últimos años. "

Diego Fischerman