El muy particular universalismo de Carlos Marks

por Ramón del Buey

 

Sé que, por lo menos para Carlos Alegre, las culturas no occidentales y la búsqueda de una manera honesta de relacionarse con ellas ha sido una preocupación recurrente. Quizá esta tensión sea responsable de la tremenda originalidad de la música de Carlos Marks. Quiero aprovechar esta oportunidad para pensar brevemente esta idea.

No parece que el trabajo de Carlos Marks pueda reducirse a la fusión entre distintas tradiciones musicales, en su mayoría orales (la balcánica, la mexicana y la improvisación libre, si acaso se permite una clasificación tan burda).  Pero ¿por qué no? Probablemente, la diferencia entre la generalidad de las tentativas de fusión (por lo demás, con frecuencia lamentables) y ésta, radique en que las primeras adaptan rasgos característicos de algún patrimonio musical para moldearlos al estilo de otro que se toma como base; resulta un fenómeno más o menos análogo a lo que ocurre con la traducción: en ella se privilegian ciertos parámetros de la lengua de partida (la semántica o la fonética, por ejemplo) para trasladarlos a otra lengua, a otro sistema en el que se articulan de nuevo. Carlos Marks, sin embargo, toma cada pedazo de música tal como eso: un pedazo, en el sentido más material del término, para después unirlo a otro sin ninguna estructura o estilo de fondo aparente que organice la adaptación. Siguiendo la línea de analogías, no puedo evitar la comparación con el lenguaje de Poto y Cabengo que Gorin nos muestra en su ya clásico documental. Creo que la manera en la que estas gemelas desarrollan una lengua propia, a partir de los jirones del inglés y del alemán a los cuales que estuvieron expuestas, es muy semejante a la posición que Carlos Marks toma con respecto a las distintas tradiciones musicales. Por supuesto que Dislalia, el nombre del álbum debut de nuestro cuarteto, es todo menos gratuito.

En esta medida, el disco es síntoma de su tiempo. Pone el dedo en la llaga. De cara al alud multicultural que se precipita sobre el mundo que habitamos los que podemos escuchar su música y al mecanismo con el que a diario se le enfrenta, asimilándolo o, mejor dicho, disolviéndolo sistemáticamente, Carlos Marks nos revela una enseñanza ejemplar: ese mismo mundo que pisamos no es otra cosa que aquel alud que se precipita; incontables retazos de incontables tradiciones que vuelan y se desparraman violentamente en todas direcciones. Es imposible e incluso indeseable salir de allí para ver cómodamente el espectáculo. La fuerza y la autenticidad de su música está anclada sin lugar a dudas en la profunda comprensión de este problema.